El Gran Vidrio
El Gran Vidrio a
tus espaldas,
no enfrentado;
silencioso,
para que puedas ver
soñando
el astillado: la
eterna sumisión
del arte a la
naturaleza.
Y su entera acción,
la belleza,
surge donde el
artífice dice sí a lo imprevisible.
El “no” se vuelve
su óleo de serpiente,
su abolido
resplandor en esa noche
que ni discute ni
promete.
Su desmedido
infortunio está
en ese seguro
transparente instantáneo:
Seguro que no lo
ves si lo tenés enfrente.
...porque fabrica
la reminiscencia,
su insistente recuerdo laborioso,
La alegría en la
ondulante dimensión
del augurio: de
copiar la única manera
de desaparecer en
tu cuerpo,
ahora que reinventa
la cara que pudo retroceder
y desvanecerse
otra estrella,
su detallada
fascinación.
Eso significa que no puedo
escribir.
Que todo cae
con su ligera forma
en la ilusión de
verte llegar,
o en la sospecha de
que si vinieras
todo se despeñaría
en cada división de la luz
y del instante que
te anuncia.
Novia de los mil
solteros y uno…
Ajena posesión,
mismo infinito
inmóvil,
alterable.
Sistema discontínuo
que todavía busca
una mota de color,
una diáfana prueba
en la injusta
apariencia.
La inaceptable
intimidad de la espera
tiene la
respiración de toda ausencia.
No puede disminuir
la cantidad de sosiego
tu cara despeñándose en mi memoria.
Beatitud, si eso significara hoy
como mañana la
hermosura
en el recuerdo
corruptible,
buscado por
llamados del pensamiento,
pasión que burila
y modela
cada instante,
cada molinillo
marrón
tiene en su memoria
de piedra
tu forma
y te destruye.
Llegarías como
antaño,
como partiste hace
un instante. De ese viaje
en que los
adolescentes se despiden con abrazos y besos,
para separarse un
momento, de la cocina
al dormitorio.
Beso y deseo:
también casi
corruptibles,
sueltos, alineados
según cada dolor, cada “tiempo”
cada discreta consecuencia de melancolía
y temor.
Pero allá también
te espera el vidrio como olvido.
También te confunde
allá
su destrucción
imperfecta.
Aquí en cambio,
en el monasterio de
los solteros celos
la cara de tu madre
vuelve
por agua, por fosca
beatitud
indiferente.
Y en los marmóreos párpados
saltan
del umbral
quejumbroso
las muchachas que
lastimaron apenas tu corazón
pero que con tu
lengua que se mueve
invisiblemente en
la silenciosa lectura
han restaurado la
“luz”
sí, esa “luz” de
Iris
(que en el sentido
ahora,
como otras tantas
veces, falta...)
la luz
resquebrajada en la tela del aire
“...lo que ves es
el Gran Vidrio.“
Su verdad,
su verdadera
mentira


