ANIVERSARIO
Me levanto, aún a oscuras, para llevar a
arreglar unas ruedas del auto, que sigue roto,
Y al regreso, cuando ya ha brotado el
hermoso y cálido día,
Te asomas a la ventana que da al pasillo de
afuera, y me sonríes con tus ojos achinados del amanecer.
Poco después, a punto de marcharme para ir
a revisar unos papeles,
Te veo cargando cubos con nuestras hijas,
Porque hace varios días que no entra agua,
y estamos sacando en cubos la poca que haya en la cisterna del edificio,
Y aunque tengo ya puesta la guayabera de las reuniones, y
en una mano la maleta negra que no debo soltar,
Ayudo algo, con la otra mano, mientras
llega el jeep colorado,
Que demora poco, y al cabo me arrastra de
allí: tú me dices adiós con la mano.
Tú me decías adiós con la mano desde este
mismo edificio,
Pero no desde este mismo apartamento:
Entonces, hace más de veinte años, no
podíamos tener uno tan grande como este de los bajos.
El nuestro era pequeño, y desde aquel
balcón que no daba a la calle,
Pero que yo vislumbraba allá al fondo,
cuando cruzaba rápido, en las mañanitas frías, hacia las clases innumerables de
introducción al universo,
Desde aquel balcón, allá al fondo, día tras
día me decías adiós, metida en tu única bata de casa azul, que iba perdiendo su
color como una melodía.
Pienso estas cosas, parloteando de otras en
el jeep rojo que parece de juguete,
Porque hoy hace veintidós años que nos
casamos,
Y quizá hasta lo hubiéramos olvidado de no
haber llegado las niñas (digo, las muchachas) a la hora del desayuno,
Con sus lindos papeles pintados, uno con un
22 enorme y (no sé por qué) dos plumas despeluzadas de pavorreal,
Y sobre todo con la luz de sus sonrisas.
¿Y es ésta la mejor manera de celebrar
nuestros primeros veintidós años juntos?
Seguramente sí: y no sólo porque quizá esta
noche iremos al restorán Moscú,
Donde pediremos caviar negro y vodka, y
recordaremos a Moscú y sus amigos, y también a Leningrado, a Bakú, a Ereván;
Sino sobre todo porque lo celebraremos con
un día como todos los días de esta vida,
De esta vida ya más bien larga, en la que
tantas cosas nos han pasado en común:
El esplendor de la historia y la muerte de
nuestras madres,
Dos hijas y trabajos y libros y países,
El dolor de la separación y la ráfaga de la
confianza, del regreso.
Uno está en el otro como el calor en la
llama,
Y si no hemos podido hacernos mejores,
Si no he podido suavizarte no sé qué pena
del alma,
Si no has podido arrancarme el temblor,
Es de veras porque no hemos podido.
Tú no eres la mujer más hermosa del
planeta,
Esa cuyo rostro dura una o dos semanas en
una revista de modas
Y luego se usa para envolver un aguacate o
un par de zapatos que llevamos al consolidado;
Sino que eres como la Danae de Rembrandt
que nos deslumbró una tarde inacabable en L'Ermitage, y sigue deslumbrándonos:
Una mujer ni bella ni fea, ni joven ni
vieja, ni gorda ni flaca,
Una mujer como todas las mujeres y como
ella sola,
A quien la certidumbre del amor da un
dorado inextinguible,
Y hace que esa mano que se adelanta
parecida a un ave
Esté volando todavía, y vuele siempre, en
un aire que ahora respiras tú.
Eres eficaz y lúcida como el agua.
Aunque sabes muchas cosas de otros países,
de otras lenguas, de otros enigmas,
Perteneces a nuestra tierra tan
naturalmente como los arrecifes y las nubes.
Y siendo altiva como una princesa de verdad
(es decir, de los cuentos),
Nunca lo parecías más que cuando, en los
años de las grandes escaseces,
Hacías cola ante el restorán, de madrugada, para que las
muchachas (entonces, las niñas) comieran mejor,
Y, serenamente, le disputabas el lugar al
hampón y a la deslenguada.
Un día como todos los días de esta vida.
No pido nada mejor. No quiero nada mejor.
Hasta
que llegue el día de la muerte.
Roberto Fernández Retamar
(La Habana, 1930)
nació en el barrio La Víbora de la capital cubana. Comenzó a
estudiar pintura y arquitectura, pero terminó Humanidades en la Universidad de La Habana (1948-52), donde
más tarde se doctoró en Filosofía y Letras (1954).
Gracias a una beca, profundiza
sus estudios en las universidades de La Sorbona
y de Londres; en la de Yale ofreció un curso sobre literatura
hispanoamericana y en las de Praga y Bratislava dictó
conferencias sobre literatura hispanoamericana.
Ha sido director de la Nueva
Revista Cubana (1959-60) y de la revista Casa de las Américas (desde 1965). En
1977 funda –y dirige hasta 1986- el Centro de Estudios Martianos. En 1985 se
convierte en miembro de la Academia Cubana de la Lengua. Ha ocupado cargos
políticos como lo de diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular de
Cuba (1998) y miembro del Consejo de Estado. Ha sido jurado de
premios literarios prestigiosos.
En la Editorial Electrónica Cubaliteraria (Portal del Instituto Cubano del Libro), además de otros poemas, fotos y una extensa cronología, podemos leer un pequeño ensayo sobre Alfonso Reyes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario