En Italia
No te olvides,
Fermín,
de las fogatas al
lado de la laguna
aquel verano.
Ni de las
luciérnagas que en la indiferencia
competían
con la variedad
vanidosa
y la grandeza del
fuego.
Juan Andrés
encendía los resecos juncos
que crepitaban
estallando
en millares de
chispas que te encantaban.
Y en cada fogata de
la orilla (más de seis),
alimentaba los
dibujos del humo en la noche,
del resplandor en
el aire rojizo
como en esa pintura
de George Catlin:
“Los fuegos fatuos
en el río Uruguay”.
Pero discreta y más
silenciosa,
sobre las líneas de
los juncos secos alineados,
el agua con un
vaivén agónico movía
las luciérnagas
como pequeños “imperios”
que se extinguían y
refulgían más.
Y yo haciéndome el
sabihondo te dije
un haiku de Borges dice:
“bsbsbsbsbs
bs bs bs
bsbsbsbs
bsbsbsbsbs.”
Y vos dijiste,
extasiado, olvidándome
(señalando una
chispita que ardía
más que
intermitentemente):
“¡Ahí vive el
viejo!, ¿no, pá?”
No te olvides.
Fer, no te olvido.
Aquí es de noche,
en el tren,
en Italia (no sé
cuál “paesino” atravesamos);
son las 2 A.M.;
me compré esta
linternita de cuello
para poder leer
en los viajes.
Se llama Neck booklite
-made in china-,
y la propaganda,
sobre un fondo azul
estrellado,
dice:
“Práctica y
potente,
colgada de su
cuello,
orientada hacia su
libro o revista,
le permite leer o
trabajar
con toda quietud
sin molestar a su
compañero de viaje.
“Otros usos:
en barco,
en avión...”.
Cuando la veas me
la robás.
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