Tomás Romero
ACRA
Lo despertó la lluvia. Se vistió lo más lento que
pudo, y miró a su izquierda, a su lecho, que se mantenía tan vacío como siempre
y añoró poder recostarse y sumergirse de vuelta en su soledad; pero sabía que
tarde o temprano el deber vendría a por él, así que decidió hacer lo que debía
rápido para poder volver a dormir.
Abrió la puerta y salió a cubierta, en la popa de la
misma, ya casi enterrado por la lluvia, estaba su hijo, que quien tras saludarlo
glacialmente, siguió entornando su mirada fija y perdida hacia el mar. Antes de
ir se le preguntó donde estaban los demás, a lo que este, sin desviar la mirada
del mar, le respondió con chillidos y sonidos erráticos. El hombre se dio
vuelta y se fue pensando “No puedo decirle nada, tiene los ojos de su madre”.
Encontró a su hija en la cocina, se sentó y peleó como
cada día con ella por un hueso, finalmente se dejó vencer por el cansancio y la
joven, satisfecha, gozó de su frugal trofeo en un rincón donde, sin que nadie
la molestara, llenó sus fauces y manos de grasa. El hombre sin dejar de verla
pensó “Me robó de nuevo, pero, ¿Qué puedo hacerle?, Tiene los ojos de su
madre”.
El hombre agarró un puñado del contenido del saco que
se escondía en el techo de la cocina y se despidió como cada día con un tímido
gesto. Empezó a recorrer las distintas celdas, viendo y recordando a su paso, a
sus lados, las cebras jugaban al póker mientras bebían en
sus griales tallados, una mezcla cuyo olor repelía; los osos apuntaban sus
cañas por las ventanas, sentados en banquitos pendientes de uno o tal vez dos
hilos; los elefantes trabajaban en escritorios llenos de papeles y grandes
máquinas y casi al final, las hienas miraban televisión y criticaban cada
detalle. En la última celda, de este carnavalesco calabozo, estaba su mujer, sentada
estática frente a la pared. Lo vio, y tras presentarse con su negra sonrisa, se
abalanzó hacia él, entre alaridos y gritos, estirando sus brazos a través de
los garrotes, intentando rasgar algo con sus uñas. Noé dejó la comida que había
traído del saco en el lugar de siempre y se dirigió a su habitación, contigua a
la celda; donde se recostó, pensando en lo cansado que estaba, y el hambre que
tenía.
Tomás Romero nació el 19 de Mayo de 1997
y es estudiante de Mecidina en Bahía Blanca, Argentina.

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